Carson McCullers: El poder de la intuición

Si es cierta aquella afirmación de Ray Bradbury de que hay obras que demuestran una inteligencia, una sabiduría, que su autor todavía no posee, no encuentro mejor ejemplo que lo confirme que la novela El corazón es un cazador solitario, publicada en 1940 por Carson McCullers (1917-1967) cuando sólo contaba 23 años, y concebida bastante antes. La joven McCullers tenía la materia prima de su primera novela bastante antes de que pudiese empezar a darle forma: una serie de personajes «estrafalarios» y «anormales», posiblemente «freaks» sea la palabra que ella utilice en el original (The Heart is a Lonely Hunter); pero le faltaba terminar de modelar el personaje que los iba a aglutinar a todos, que los iba a hacer hablar, que iba a ser su confesor, su lar o «dios doméstico», su figura de afecto; que iba a hacer que aquellos personajes con los que ya se había planteado hacer una serie de cuentos fraguasen en una novela orgánica, conceptual, sinfónica acerca de la incomunicación y la soledad del ser humano. Este personaje será el sordomudo John Singer, bajo cuyo influjo todos los demás cantan, hablan, se desesperan, claman en el desierto, son desoídos, llaman a sus semejantes y sus semejantes, no Dios, guardan silencio: «¡Louis! ¡Louis! ¡Louis!», llamará Biff Brannon, el propietario del Café Nueva York y maestro de ceremonias de la soledad, cuando la novela se va deshilachando lentamente hacia su final, pero Louis está dormido en la cocina sentado en una silla.

Uno de las grandes creaciones de la novela de Carson McCullers es sin duda la figura del sordomudo John Singer, al que mencionábamos anteriormente, a través del cual el lector percibe gran parte de la novela y las voces del resto de los personajes, y las percibe, como no podía ser de otra manera, en sordina, como algo irreal, de alguna manera distante o producto de una ensoñación; oímos a estos personajes gritar ebrios, desesperarse, luchar consigo mismos y con los demás, pero los oímos desgañitarse como cuando en una película quitamos accidentalmente el volumen y quedan en evidencia las carencias de los malos actores; sin volumen los personajes ante John Singer aparecen grotescos, totalmente desvalidos, profundamente humanos; como decíamos, se desgañitan, pero apenas logran comunicarse.

Poco importa aquí que el personaje de John Singer cumpla con todos los requisitos de un «sordo real»; cuando Carson McCullers le manifestó a su madre que ya había dado con el personaje central de su novela y que era un sordomudo, ésta le pregunta con cuántos sordomudos se ha cruzado en la vida, y la joven McCullers responde: «Con ninguno, pero conozco a la perfección al señor Singer». Todavía unas semanas después el marido de Carson lee en el periódico que en una ciudad cercana a Columbus (Georgia), donde viven, se va a celebrar una convención de sordomudos, y le sugiere a su esposa que acuda para documentarse, a lo que de nuevo Carson responde al desgaire: «Oh, no, no hay nada que esa gente pueda contarme. Ya he terminado esa parte de la novela». Ahí está el poder de la intuición, sin la cual, entre otras cualidades, un escritor no es nada, al igual que un escritor solamente bien documentado todavía no es nada.

John Singer también tiene su lar, su ángel del hogar. Es un sordomudo griego llamado Spiros Antonapoulos, al que ama, y aquí aparece otro de los aspectos que afronta la novela: la falta de reciprocidad en el amor, vamos, el amor no correspondido. Antonapoulos no puede corresponder del todo a John Singer porque sufre una discapacidad mental, pero eso no merma en absoluto el amor que Singer siente por él, estremecedora es la imagen de la soledad de John Singer cuando, jugando al ajedrez con Antonapoulos, con el que convive, tras los movimientos de apertura, los únicos que ha conseguido enseñarle al griego, tiene que continuar la partida solo atacando sus propias piezas con las de su amado, ante el regocijo de éste. La relación entre los dos sordomudos de la novela nos ha dejado pasajes de una gran intensidad lírica, casi podíamos decir de amor conyugal, así, cuando John Singer, separado ya de Antonapoulos, pasea por la noche y se para ante la vivienda que ambos compartieron, leemos: «(...) En un atardecer semejante a éste no habría más luz en la cocina que el brillo de los quemadores de petróleo de la gran estufa. Antonapoulos siempre cerraba tanto las mechas que sólo podía verse una dentada franja de oro y azul dentro de cada quemador. La habitación era cálida y repleta de los agradables olores de la cena. Antonapoulos probaba los platos con su cuchara de madera, y ambos bebían vino tinto. En la moqueta de linóleo que había delante de la estufa las llamas de los quemadores formaban reflejos luminosos..., cinco pequeñas linternas doradas. A medida que el lechoso crepúsculo se iba tornando más oscuro, las linternas se volvían más intensas, de manera que, cuando finalmente llegaba la noche, ardían con vívida pureza. Para entonces la cena estaba siempre lista, y encendían la luz y acercaban las sillas a la mesa».

Además, están –aparte de una bien nutrida galería de secundarios– los otros cuatro «estrafalarios»: la niña de 14 años Mick Kelly (con nombre de chico, igual que la propia Carson), que oye música en su cabeza, crea canciones mentalmente, intenta reproducir en su mente la «Heroica» de Beethoven (otro sordo genial) y cree que tras haber tenido su primer contacto sexual algo va a notársele en la cara y cuando le pregunta a la cocinera de la pensión de sus padres, Portia, que así se llama, le responde que algo sí le ha notado, tiene la nariz pelada por haber tomado mucho el sol. Mick Kelly espía a John Singer porque se siente atraída hacia él, al igual que Biff Brannon, el dueño del Café Nueva York y uno de los personajes más enigmáticos y lúcidos de la novela, espía por las noches a Mick Kelly, sintiéndose morbosamente atraído por ella, llevando a cuestas su ambigua sexualidad y su impotencia; también está el doctor Benedict Mady Copeland, que soporta toda la humillación de su raza (la negra) en la ciudad del sur profundo donde transcurre la novela y clama en el desierto ante sus propios congéneres para que deseen alcanzar la libertad, y que dialoga sin llegar a un entendimiento, aunque parecen tener un mismo propósito, con Jake Blount, el forastero borracho que llega a la ciudad preguntando si ha habido alguna vez una huelga en ella, para recibir una estruendosa risotada de los lugareños y para oír al final de la novela: «Si hay algo que odio más que a un negro es a un rojo».

Si quieren verlos a todos evolucionar por el Café Nueva York (perdón, a todos no, porque al doctor Benedict Mady Copeland le está vetada la entrada; él se moverá en otros ámbitos) en esa atmósfera irreal, entrañable, doméstica, noctámbula, algo cargada, dedíquenle doce horas de su vida a esta novela y asistirán a un año en las vidas de estos personajes del sur profundo de los Estados Unidos, e intenten concentrar su lectura en no más de dos semanas si sus ajetreadas vidas se lo permiten, para que les cale más. Por favor, háganlo y luego me cuentan, y si no les gustó, me piden a mí a través de este mismo diario cuentas. Gracias.